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| Más allá de las sombras |
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Noche de luna llena, sí, plenilunio… hoy la Tierra se encuentra situada entre el Sol y la Luna; será otra noche teñida de rojo. Rienda suelta al instinto, a la manada, a la libertad. Lo que empezó siendo una maldición, hoy lo considero una bendición, una especie de regalo divino, aunque muchos pretendan arrebatármelo fundiéndolo en plata.
Abro el ventanal y aspiro profundamente el aire puro de la noche. El cielo sólo es habitado por unos pocos jirones de nubes, oscurecidos, como para resaltar aún más la luz fantasmagórica de una Luna que baña de blanco el paisaje. Empiezo a sentir su influjo… comienza el ritual, la metamorfosis, el abandono de la aborrecible forma humana.
La sangre se amontona en mis venas. La siento galopar con fuerza, insuflando calor por todo mi cuerpo… aprieto los puños y me dejo llevar. Los primeros espasmos, aún suaves, sólo me dejan una leve sensación de hormigueo, pero aumentan su fuerza y me contraen. Caigo de rodillas al suelo… gotas de sudor me recorren la piel, mis venas están hinchadas una vez más, a punto de estallar. Alzo la cabeza y clavo mis pupilas en la Luna… sí, Madre, soy tuyo una noche más!
Sonrío cuando mi columna vertebral se arquea provocándome un dolor brutal en los riñones… quiero empezar a aullar, pero mi respiración es tan agitada que apenas tengo fuerzas para sostenerme. El corazón late desbordado y mi cuerpo comienza a dejar de ser lo que ha sido, comienza a ser lo que tendría que haber sido… renace el instinto, los olores se amontonan y distingo el aroma de un conejo en su madriguera, el de la humedad que puebla el bosque, el de la sangre de un ciervo cazado por mis hermanos… sí, la manada, la familia volverá a acogerme una vez más.
Una última contracción colosal me hace apretar los dientes y cerrar los ojos y cuando vuelvo a abrirlos, la llamada de lo salvaje me reclama: mi aullido estalla de felicidad y siento la hierba fresca bajo mis patas, el viento peinando mi pelaje. Vuelvo a ser yo.
Ojalá no despertara jamás.
Dimitri.
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